Tiempos convulsos

Dame la mano, son tiempos convulsos y el miedo  a veces sale de su guarida y esculpe su fuerza en mi ser.

Desmontemos caminos que, atados a los tiempos en que nos ha tocado vivir,   impiden respirar a cuantos se atreven a alzar la voz.

Emitamos de nuevo el grito que nos una en las soledades de nuestros recuerdos.

Y bajemos la voz para que se oiga el lamento de los desposeídos.

Limitemos los derroches o mejor aún, aniquilémoslos, es hora de tomar partido.

Ya no tengo miedo, aunque extraño tu abrazo.

Junta mi mano con la tuya y no me sueltes,

por fin la voz callada y adormecida despertó.

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Vulnerable

Salgo a respirar un poco de aire fresco, me envuelvo con la rebeca de punto fino como abrazándome, y rodeo mi cuello con un pañuelo que anudo con suavidad para defenderme del frío, para atarme un poco más a mí, para resguardarme. Camino hasta  la terraza de un pequeño café, y me siento un poco alejada de la otra mesa ocupada, la única aparte de la mía. Cuando se acerca el camarero le pido amablemente que me sirva una infusión, hoy no tomaré café, necesito algo más reconfortante, más suave, más tranquilizador.

 Apenas hay un rayo de sol porque se va escondiendo detrás de una nube grisácea, un tanto amenazadora para el ambiente y para mi alma. Abrazo el bolso color rosado que llevo hoy, como protegiéndome. Intento escribir unas notas que salen distorsionadas, no consigo traducir en palabras mis sensaciones y las pocas palabras que escribo se emborronan con las gotas de lluvia que empiezan a caer. Pero me quedo allí sintiéndolas, son como suaves caricias,  como lágrimas del cielo que acompañan mi sentir abatido, decaído, indescifrable…

 Cuando regreso al trabajo, intento disimular mi desasosiego y participo en la conversación trivial disimulando con sonrisas mi estado interior, no quiero que nadie me turbe, no quiero explicar cómo me siento, no quiero sentir miradas interrogantes llenas de buena intención, pero ajenas por completo a las sensaciones que estoy viviendo y que dudo querer compartir, necesito ese sentir.

 Llegaré tarde a casa, la jornada se extiende precisamente hoy. Me voy quedando sola y aprovecho un descanso para salir a una terraza privilegiada desde donde vuelvo a contemplar el cielo lleno de nubes, quizá me vuelva a mojar, quizá me empape la lluvia otra vez, quizá necesite que cale en mí para borrar lo que ahora me hace sentir así y me sorprendo deseando perderme en un abrazo cercano que borre la inquietud, el saberme débil e indefensa, y añoro el abrazo de mi madre que no tengo cerca hoy,  el de la persona amada, el de un amigo que entienda de mis pesares, de mis preocupaciones, de mi desasosiego, de mis incertidumbres, que es lo que en estos momentos me acompaña.

 Esta noche me meteré en la cama y arrebujada en ella, hecha un ovillo, me dormiré pensando que en la certeza de que soy vulnerable reside también mi fortaleza. No porque crea que nada ni nadie me puede hacer daño, sino porque en esos momentos descubriré que soy fuerte para afrontarlo, y sabré ponerme a salvo y no decaer.

 Por un momento me levantaré, la miraré a ella dormida en su camita y de pronto encontraré  la medida de todas las cosas, el motivo que desenreda mis incertidumbres, la causa que hace que el dolor ya no duela,  la fatiga ya no canse y el miedo ya no exista. Será la razón por la que me sabré fuerte mañana y cada día que pase con ella, el resto de mi vida.

 

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Semi-inconscientes

 

Masas perdidas por enjambres de iluminados

que aleccionan y diseñan un futuro engañoso

Luces de gas que oscurecen los sentidos

y adormecen la razón ocupada en otros juegos.

Conciencias  en letargo separadas de su esencia

por vistosos anuncios del mayor de los engaños

Compra, no pienses y serás feliz.

Oradores con caretas que difunden su misión

a creyentes ciegos deslumbrados  por tanto destello

siguiendo a pies juntillas los mandatos de la orden

Habitantes egoístas de un planeta en vilo

paralizados por la promesa del edén

mientras obvian el espejismo  diseñado

dejándose querer por aquellos que todo lo quieren.

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Sin ser

Lunas que se pierden en lagos de cristal
que rompen y crujen sin avisar
Dagas que rasgan con furia el velo soñado
como alfileres que perforan las almas adormecidas
 
Luchas intermitentes y agotadoras que irrumpen
entre gritos silenciosos que despiertan del encanto
Estrellas que se cuentan solas sin ningún amor que visitar
escondidos en las laderas invisibles del no ser
 
Mundos paralelos soñados desde la inconsciencia
enfrentados al delirio de la búsqueda infinita
Hadas que vagan en el arroyo del olvido
resguardadas del peligro que acecha el despertar
 
Cuando la ciudad ya no me oye gritar tu nombre
y busco borrar las soledades que tu huída dejó,
vuelvo a contar los silencios que me separan de ti
y la angustia extrae de mi piel lo que ya no soy.

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Proxémica

Pues no está en el diccionario dela RAE, lo cual me ha sorprendido porque es un término que tengo mucho en mente (ahora explico porqué) y que daba por supuesto que estaría, pensé que era bastante común  Bueno, total que he hecho una búsqueda y os dejo parte de lo que  explica de la proxémica el Círculo Virtual Cervantes.

“Se conoce como proxémica la parte de la semiótica (ciencia que estudia el sistema de signos empleado en la comunicación) dedicada al estudio de la organización del espacio en la comunicación lingüística; más concretamente, la proxémica estudia las relaciones -de proximidad, de alejamiento, etc.- entre las personas y los objetos durante la interacción, las posturas adoptadas y la existencia o ausencia de contacto físico. Asimismo, pretende estudiar el significado que se desprende de dichos comportamientos.”

O sea, que esa situación incómoda y molesta que me encuentro tan a menudo cuando alguien invade mi espacio, no es una manía mía, es algo compartido y estudiado, incluso medido:

  1.  Espacio íntimo, que va desde el contacto físico hasta aproximadamente 45 cm. Esta distancia podría subdividirse en dos intervalos distintos: entre 0 y 15 cm, distancia que presupone el contacto físico y que tendría lugar en situaciones comunicativas de máxima intimidad (por ejemplo, durante el mantenimiento de relaciones afectivas); y entre 15 y 45 cm, que se corresponde con una distancia menos íntima pero inserta en un marco de privacidad.
  2.  Espacio casual-personal, que se extiende desde 45 cm a 120 cm. Es la distancia habitual en las relaciones interpersonales y permite el contacto físico con la otra persona.
  3. Espacio social-consultivo, que abarca desde los 120 cm hasta los 364 cm y aparece en situaciones donde se intercambian cuestiones no personales.
  4. Espacio público, que va desde esta última hasta el límite de lo visible o lo audible. A esta distancia los participantes tienen que amplificar recursos como la voz para posibilitar la comunicación. Por ejemplo, durante una conferencia.

¿Por qué hay gente que se empeña en situarse  digamos a 45 cms. (no exagero, tengo como referencia la imposibilidad de pasar la página del libro que esté leyendo porque “tropieza” con el/la invasor/invasora) en un vagón de metro cuando hay medio vagón vacío? Y no es un tema intencional (eso se nota y se puede remediar con alternativas que van desde una mirada de reproche hasta el bofetón directo). Creo que es inconsciente, es una especie de necesidad de estar cerca, de tocar, de sentir, de aproximarse a “donde haya” y no al vacío,…

 Esto es sólo un ejemplo del uso del espacio y de mi hipótesis con respecto a esta situación. No sé, lo mío con el metro es que es un mundo experiencias que he decidido ir recogiendo no sé por qué, supongo que porque es un mini- mundo.

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La cita

Habían acordado que cada 27 de abril volverían a reencontrarse.

Y  todo empezaba como siempre, como cada año, en aquel andén soñado, en el que ya no importarían ni las obligaciones ni los deberes, ni las tareas ni las responsabilidades, ni el mañana ni lo que ya pasó que no fueran esos días.

Sólo ellos, que durante tantos años, y a lo largo de un sólo día, compartían secretos y verdades, esfuerzos y desidia, ansiedades y calma, desvelos y sueños, ideales y frustraciones, sol de poniente y viento de levante, pero sobre todo frases regaladas con tanto cariño que vivirían el resto de sus vidas llenos de lo mejor.

A lo largo de todo el año podrían haber coincidido en mil estaciones de paso, en mil enlaces de un tren que les podría haber hecho perder los papeles y las normas, olvidarse de aquello autoimpuesto, evitar situaciones deseadas, porque el destino o la vida, o ellos mismos por no saber, les negaron  y decidieron rebelarse en forma de cita anual.

Aquella mañana, ella, apoyada la cabezada sobre el cristal del vagón y vislumbrando la luz de un amanecer somnoliento para el resto del mundo, se emocionaba al imaginarse con él, habitando palacios de cristal en los que los sueños serían la vida, sin más. Miraba al norte y en sus ojos se reflejaba el cielo rojizo, y el deseo la envolvía intensamente, encendiendo sus mejillas que se sonrojaban al compás acelerado de su corazón, deseoso de dar, ansioso por tomar.

Él la esperaba en el andén acariciando con su deseo la superficie del mundo soñado. Alentando la idea de que una estrella fugaz dejase de serlo y quedarse con ella para siempre, allí mismo, en aquella estación donde el rumor y el trasiego a su alrededor, las idas y venidas, los abrazos y sueños ajenos que se juntaban en aquel amplio hall de la estación,  no se percibían, le eran ajenos, y sin embargo, su historia pertenecía a ese mundo, porque su vida misma empezaba y acababa allí, en el instante en que ella bajaba del tren.

Ella descendía nerviosa y él la contemplaba feliz, espléndida, tal y como la recordaba cada día del resto del año. Como en cada cita, el ritual implícito y cómplice no necesitaba palabras, sólo hablaban sus ojos, encendidos por el deseo retenido a punto de estallar, y en aquellos instantes, el mundo detenía su caos y les devolvía el paraíso en forma de abrazo. Y entonces él ya no la soñaba, la vivía, haciéndola estremecer, inundándola de besos aplazados sin fecha de caducidad.

Ese día, de cada año, vivían exprimiendo los minutos en aquel significativo andén de cuya historia eran testigos intermitentes, variables e inconstantes, los viajeros que, ajenos a su acordada y periódica historia, rodaban con sus vidas de un lado a otro, tejiendo relaciones cotidianas o quizá, quién sabe, viviendo una entrañable historia oculta como la suya.

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REFUGIO

 

Buscando en los subterfugios de la memoria

un recodo donde yacer y tomar aliento.

El lugar donde resida la fuerza del instinto,

donde se encuentren los sueños que entrelazan

las suaves brisas que estremecen los sentidos

con los ánimos redimidos por caricias de algodón,

y revelen los misterios que dibujan la paz.

 

Un lugar donde la magia devuelva al alma

la certeza de que aún es posible la ilusión

y donde las luces del atardecer que decae

conviertan las lágrimas en bellos adornos de cristal

ofreciendo a la reyerta incansable, un respiro

que transforme su agotado ser

en fuerzas alentadas por abrazos infinitos.

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